Mi viejo ascensor. Ahora acaban de pintar las puertas tijera, y no sólo desapareció el color marroncito que había aprendido a querer, sino que además cada viaje en ascensor me deja una intoxicación por el olor a pintura que no se va.
La lluvia no me molesta. Pero la lluvia de verdad, esos gotones que caen fuerte, que te dan ganas de mirarlos por la ventana comiendo medialunas rellenas. Pero esa lloviznita odiosa... me pone histérica. Si salís con paraguas, se te da vuelta el paraguas recién comprado (y los $10/12 los tirás en el tacho azul de la esquina), y te mojás hasta el último centímetro de ropa. Y todo por esa porquería que no merece llamarse lluvia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario